Ferdinando era un torito de España que, a diferencia de los demás, no quería jugar ni pelear. Prefería sentarse bajo su árbol y oler flores.
Creció grande y fuerte, pero siguió siendo tranquilo. Un día lo llevaron por error a una corrida de toros.
En la plaza, en vez de atacar, Ferdinando se sentó a oler las flores del ruedo. El matador intentó provocarlo, pero él no reaccionó con violencia.
Al final, se dieron cuenta de que era un toro pacífico y lo devolvieron al campo. Allí siguió feliz, sentado bajo su árbol y oliendo flores.
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